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jueves, 15 de marzo de 2018

DELICIAS. DEVENIR

DELICIAS. DEVENIR
GaBe Espacio Creativo
Comisariada por Carlos San Aldea y Arturo Caballero
Montaje: Carlos Sanz Aldea

I.E.S. Delicias, Paseo Juan Carlos I, 20 47013 Valladolid
Del 9 al 28 de marzo de 2018
Horario escolar y a petición



Delicias. Devenir es la primera exposición colectiva de un proyecto que pretendemos tenga una continuidad temporal más allá de la participación en el programa CreArt. En ella podemos comprobar la evolución creativa de aquellos alumnos que eligieron la opción de cursar sus estudios dentro del Bachillerato de Artes y que pertenecen a distintas promociones del  IES Delicias. Para esta muestra hemos optado por contactar con alumnas y alumnos que durante su período de formación mostraron un interés claro por cultivar su capacidad creativa en diversos campos, ya sea porque su actividad se desarrolla en el marco de las artes funcionales o bien en el terreno del “arte en su vertiente más pura” alguno de los cuales han dado el salto, ya, a salas de exposiciones institucionales y a galerías.

El año 1998 se autorizó al I.E.S. Delicias la impartición del Bachillerato de Artes; siete años después, se inauguraba un nuevo pabellón para estas enseñanzas que incluía una modesta sala de exposiciones que durante ese mismo curso ya fue usada por dos recién licenciados de Bellas Artes por Salamanca que habían cursado sus estudios en la cuarta promoción de alumnos de nuestro centro: Víctor Hugo Gutiérrez y Diego Arenales. No era una trivialidad. Era una apuesta con una finalidad concreta. Se trataba de realizar un seguimiento de los alumnos que titulaban en nuestro centro al mismo tiempo que ofrecíamos un lugar sencillo y digno en el que mostrar sus progresos.

En 2009 se bautizó el espacio expositivo con el nombre de García Benito y en marzo de 2010 se inauguraba oficialmente con la exposición García Benito en las colecciones públicas vallisoletanas. A partir de ese momento, antiguos alumnos del instituto, como Jonás Fadrique (2012), y reconocidos artistas de nuestra comunidad han colgado sus obras en ella curso tras curso. En 2014 comenzaba a impartirse el Bachillerato de Investigación/Excelencia en Artes, una de cuyas alumnas más destacadas (Laura Reyes) se graduaba en estas enseñanzas no hace siquiera un año. Nuestra muestra, además de los cuatro artistas citados incluye las obras de Jimena Agra, Berta Santos, Rut Pedreño y Paula González que también dieron sus primeros pasos formativos en nuestras aulas.

¿Más mujeres que hombres?
Sí. Porque esa ha sido la tónica de nuestros estudiantes a lo largo de estos casi veinte años. Pero no ha existido ningún criterio previo en esta selección. Sus nombres surgieron de forma natural entre otros muchos que irán apareciendo en sucesivas muestras.




Decía Baudelaire que la crítica, para ser justa, para estar fundamentada, debía ser “parcial, apasionada y política; es decir, hecha desde un punto de vista exclusivo, pero un punto de vista que abra el máximo de horizontes”. No sé si las líneas que siguen van a ser políticas –ello dependerá, en parte, de quienes las lean-  pero desde luego que serán parciales y apasionadas. Y lo van a ser porque no me es posible distanciarme de las obras que voy a glosar ni de los artistas que las han concebido y realizado puesto que forman parte de la propia historia de las paredes de donde cuelgan.

¿Qué aportan estos jóvenes creadores a nuestra experiencia estética? Pues un amplio abanico de tendencias. He apuntado en otras ocasiones la dificultad de nuestros artistas por sumergirse en las manifestaciones menos figurativas, siendo como ha sido la abstracción la conquista más llamativa de la creatividad durante el pasado siglo, y es por esta razón, además del naturalismo tan propio de nuestro ámbito cultural, por lo que el realismo forma la base de lo que podemos ver en el GaBe. Pero ese realismo, como veremos, no lo es al estilo de la recuperación de esta tendencia en los años sesenta del siglo pasado.

Víctor Hugo Gutiérrez, es un artista formado en Salamanca y de reconocida trayectoria en el ámbito castellano y leonés (jalonada de diversas muestras colectivas e individuales y premios y con obra en diversas colecciones nacionales). Además de su primera muestra en nuestro centro, a la que ya hemos aludido, realizó en 2009 otra a la que tituló Paraíso que era una reflexión, extremadamente barroca y colorista, sobre nuestros paraísos pero también sobre nuestros infiernos.  No es casualidad que de sus múltiples creaciones el artista haya elegido para la muestra Adán y Eva, cuyas figuras evanescentes se desdibujan en una especie de Jardín del Edén pos apocalíptico.


Por aquellos años, escribía sobre él: “El arte de Víctor Hugo no es fácil; tampoco lo es la realidad que nos envuelve. Se hace cada vez más trascendente y se aleja de lo anecdótico y lo superficial. En estos años se ha dado cuenta de que la técnica es solo el medio; que lo importante es el concepto, la historia que subyace en las aparentemente indescifrables imágenes, unas imágenes que muchas veces nos resultan tan aleatorias como los naipes de un tarot que caen al azar sobre la mesa; tan incomprensibles como la vida que aprehendemos de forma fragmentaria cuando pasamos por la calle y cuyos indicios remiten a ignotas realidades que nos inquietan vagamente y que de forma inexorable se transforman en oscuras y brutales metáforas visuales generadoras de una poderosa y opresiva sensación de inquietud, de misterio y de miedo”.

Aquellas palabras me siguen pareciendo  válidas. La mirada del varón nos interpela directamente con una actitud dominante mientras que nos es imposible interpretar los sentimientos de la mujer aherrojada por un sadismo que impide su plena realización como ser humano.  En cierto modo, los tradicionales papeles del asunto, la mujer causa del pecado de toda la humanidad y el hombre víctima subyugada, han sido puestos en solfa en estas perversas imágenes, que estuvieron presentes ya en la Sala de Exposiciones de la Diputación de Palencia (2010) en una exposición que con el título de Apocryphal Myths supuso todo un aldabonazo visual.

Después de Lebensraun, en la Sala Calderón de Valladolid (2014), que supuso el punto final a su etapa vallisoletana, Víctor Hugo está en la actualidad trabajando en Italia donde ya ha realizado una primera exposición colectiva en el Palacio Crespy de Piacenza, ciudad en la que reside, y donde está elaborando materiales para una próxima muestra en Milán.

Diego Arenales, ha desarrollado una carrera semejante a  la de Víctor Hugo a quien le une, además de una camaradería iniciada en nuestras aulas y continuada en Salamanca, una amistad que ha sobrevivido a tiempos y distancias. Pero una cosa son las relaciones personales y otra el arte. A pesar del realismo que puede encontrarse en el trabajo de ambos. Diego ha estado vinculado siempre a su entorno más inmediato, lo que ha condicionado su propia evolución como artista.


Cautivado desde siempre con la cultura juvenil (su manía por los comics y por las figuritas “warhammer” estaba, probablemente,  en la base de su interés por las artes plásticas) pronto se interesó por la imaginería popular, esencialmente la barroca castellana, que reinterpretó irónicamente en sus proyectos “Sanctus”, primero en el GaBe (2008) -en el que colgó la Inmaculada que sigue siendo para mí uno de los iconos más esplendorosos ideado por Diego- y luego en la iglesia de Calvarrasa, Salamanca (2009). A partir de sus mártires cristianos era lógico que profundizase en la Violencia con mayúsculas. Ambas convergieron en Apocryphal Myths que tuve el gusto de prologar. Allí consigné. “Diego, como hizo hace cuatrocientos años Caravaggio, ha optado por el naturalismo en su versión más cruda y lacerante. Es la violencia de la sociedad moderna, ese mundo al que occidente rechaza asomarse por miedo a verse reflejado en un espejo doméstico. Resulta obsesiva en él una doble búsqueda del horror que se concreta, por un lado, en su extensísimo archivo de hagiografía católica poblada de infinitas formas de sufrimiento y muerte y, por otro, en la profundización en el terror que imponen de forma cotidiana las bandas de narcotraficantes en Hispanoamérica y en Asia y la violencia política y étnica desatada en Oriente Próximo e incluso en América y Europa”.

Progresivamente se ha ido interesando por las nuevas tecnologías aplicadas a la creatividad. Lo hizo patente en las obras que se seleccionaron para la exposición El fin de la historia... y el retorno de la pintura de historia (2011) en DA2, Salamanca y para sus proyectos nuevos que unen la actividad artística con la industrial y con los que retorna a sus orígenes.

En una actitud para mí sorprendente, ha elegido dos obras que chocan en cierta medida con sus trabajos más emblemáticos. La primera es una sensual interpretación del Nacimiento de Venus, que tiene como protagonista a Megan Fox, y en la que juega un papel destacado la espuma seminal de Cronos que dio origen a la diosa de la belleza y del amor. La segunda una espectacular Manola. Una imagen de medio cuerpo en vaqueros y cazadora con una camiseta roja que armoniza con los arabescos del fondo de la composición que repiten la forma de una granada. Y dos contrapuntos: la peineta y la mantilla de encaje, que entroncan con otros aspectos relacionados con su particular visión de los ritos católicos en las celebraciones de la Semana Santa y un corazón azul que introduce la nota de inquietud en el aparente anodino y convencional conjunto.

Jonás Fadrique expuso en el GaBe en 2012. Sus obras resultaban por aquellas fechas excepcionales por lo arriesgado de su propuesta plástica. Es verdad que, en algunas, el gestualismo tenía un papel determinante en la configuración de desnudos, lejanos retratos… y que había, también, delicadas y agradables impresiones con monumentos sobre papel realizado artesanalmente. Pero lo que resultaba más llamativo era la conjunción entre ese papel y los elementos de desecho, latas oxidadas, que había incrustado en él y que se hacían dignamente un sitio en el ámbito artístico del que colgaban.


A partir de ahí, Jonás ha profundizado, cada vez más, en aspectos conceptuales en los que revisita algunos de los momentos de las vanguardias de los años sesenta. Jonás, que vive y trabaja en París, no ha perdido el contacto con el ambiente artístico vallisoletano. Se ha convertido en una de las apuestas de la Galería Javier Silva donde tiene una exposición (Arcadia) y donde ya había desarrollado (julio, 2014) un “work in progress” o “site specific”.

Realmente no existe posibilidad de encasillarlo en algún género o en alguna propuesta dado que sus inquietudes creativas lo han llevado por múltiples derroteros. Cada vez más se preocupa tanto por el aquí y el ahora en sus más humildes realidades como por nuestra huella ecológica que, sin ser eterna, termina por manchar de manera indefectible todo lo que nos rodea.

Para nuestra exposición ha elegido tres piezas de variopinta procedencia. Y tres propuestas a más diferente una de otra y ambas de la tercera. En la primera deja claros aquellos aspectos con los que ya nos llamó la atención en su primera muestra en el GaBe. Las otras dos se abren a más posibilidades de interpretación, porque una obra de arte actual es, siempre, una obra abierta que solo cumple su función cuando el espectador proyecta su mirada y su intelecto sobre ella, porque la sola mirada no soluciona los problemas que plantea la comunicación artística moderna.


Todos estos autores posmodernos saben mucha historia. Uno de los aspectos más sobresalientes de los jóvenes creadores es la mirada crítica y autorreferencial con la que se dirigen tanto a la realidad como al arte del pasado. Duchamp había definido una nueva forma de creatividad por medio del bautismo, nuevo supremo sacerdote de la estética, de sus “ready made”. Jonás nos presenta hoy su Columna que lo es por el modo en que se apilan las ruedas desgastadas de carritos de la compra como si se tratase de los tambores de un añoso y desgastado fuste. Pero no hay más que lo que se ve. El objeto creado no es una imagen que sustituya a nada sino que “es” en sí mismo y el espectador se sorprende porque piensa que más allá de la humilde rueda haya alguna idea trascendente que la eleve por encima del prosaísmo cotidiano, del ir y venir en busca del mejor precio que permita dar de sí, hasta donde sea posible, el magro estipendio familiar.

¿Arte político?

Probablemente arte micropolítico porque los grandes discursos han perdido para estos jóvenes su significado. La crisis del 2007 ha provocado heridas muy profundas en nuestra sociedad.

Pero también autorreferencialidad. Rastas es una obra autobiográfica. Aunque uno no puede por menos que acordarse de la Cabeza de toro (1943) de Picasso o, incluso, de las Máscaras de Romuald Hazoumé, hay en la propuesta de Jonás suficientes ecos para considerarla un enigmático autorretrato aunque sea solamente de aquella parte que durante no pocos años lo definió formalmente.  Y ¿no es acaso la forma aquello que sirve para individualizar la materia? ¿No es la base diferenciadora de las artes? ¿No es el campo primero con el que el artista, a pesar de toda su carga teórica, manifiesta su creatividad?

Berta Santos, sin haber concluido sus estudios, debutó en la gran liga artística de nuestra comunidad exponiendo en el Museo de arte español contemporáneo Patio Herreriano. Ahora, abandonadas definitivamente las aulas madrileñas de la Autónoma nos presta dos cuadros (permitidme que me quede con el que hemos colocado en el ventanal de nuestra sala) para dejar constancia de su paso por nuestras aulas.

Berta nos plantea un problema formal, lo que no podía ser de otro modo tratándose de  arte. En sus trabajos convergen tres tendencias. Por un lado la expresionista abstracta que, derivada en gran medida del surrealismo y de la abstracción lírica de la primera mitad de siglo XX, enseñoreó (de 1945 hasta bien entrados los setenta) las galerías de todo occidente bajo nombres como “action painting”, informalismo, “tachisme”… Por otro el recurso a materiales de desecho propios de tendencias como el “Arte povera” que entroncaba con algunas propuestas del Pop (las relacionadas con el recurso a lo real) y con otras conceptuales y, por último, un firme compromiso ético en defensa de aquello humano que parecemos perder a golpe de reformas antisociales.


Los planteamientos de Berta, cargados de teoría, son tanto éticos como estéticos. Es verdad que todo arte –como decíamos en el caso de Jonás- es, y ha sido, político. Por lo que dice (en la menor parte de los casos, porque el artista ha sido relegado en no pocas ocasiones al mundo de lo superfluo)  como por lo que calla. La diferencia entre el arte de ayer y el de hoy estriba, a mi entender, en los grados de responsabilidad individual que el artista está dispuesto a asumir. Y Berta, por ahora, no parece tenerle miedo a manifestar su desazón por un estado de cosas que no le gusta. No puede soportar la pobreza urbana; no ha conseguido acallar su conciencia frente al malmorir de los indigentes que nos encontramos cubiertos por cartones en ¡qué ironía! los cajeros automáticos de los bancos.

Ese cartón humilde, más que el informalismo del que partía –pongamos por caso- Tapies en sus creaciones fundamentalmente esteticistas, es la respuesta a la duda de  Marie-Dominique Popelard: “La pregunta no es qué es el arte, sino qué puede hacer”.

Pues esto, de forma apasionada, radical y violenta que contradice la aparente dulzura de su gesto es lo que hace hoy Berta.


Contemplar las obras de Paula Gutiérrez nos ayuda a reflexionar sobre lo relativo de los procesos de aprendizaje en la adolescencia. Parece un axioma incuestionable que la inteligencia no es una sino múltiple. Este tópico, tan querido por la nueva pedagogía,  lo que viene a significar es que dentro de la unidad del ser humano, las infinitas relaciones que establece con su propio cuerpo y con el entorno social y natural en el que se desarrolla exigen habilidades distintas y, en no pocos casos, contradictorias.


Quienes hemos visto casi flotar a Puli por aulas y pasillos intentando con sus monigotes comprender y aprehender la Historia de España; quienes la hemos tenido en clase de Historia del Arte casi como un personaje de manga y que, con su mirada soñadora y tímida, nos haya obsequiado con un retrato a lápiz de acabado casi fotográfico mientras a duras penas iba aprobando asignaturas (un año dos, otro tres…) quizá no estuviéramos muy convencidos de si en algún momento despertaría de su letargo de crisálida.

Y hoy se nos presenta con sus estudios de animación a punto de concluir, con sus prácticas en la Paramount, con esos dibujos que cobran vida por la magia de una técnica que no es campo habitual de mujeres y con la autoestima propia de quien, por fin, sabe lo que quiere y dónde va a encontrarlo. Y pensamos si nuestra competencia y nuestra actitud ayudaron al desarrollo de nuestra antigua alumna. Y ¿cuántas “paulas” hay ahora mismo en nuestras aulas? ¿Cómo podemos detectarlas? ¿Hasta qué punto este sistema educativo está preparado para atender semejantes especificidades?

La eclosión artística de Paula es un interesante campo de reflexión para quienes todavía seguimos enseñando y una alegría para todos aquellos que, sin estas preocupaciones profesionales, se acerquen a su trabajo actual.


Jimena Agra es otra emigrante a la búsqueda de su realización personal. Más lejos que Víctor Hugo (Piacenza, Italia) o Jonás (París) los ojos de Jimena, que ahora se llenan de la luz de Los Ángeles (California) están íntimamente unidos al bachillerato de Artes porque fueron sus ojos, en el doble sentido de la propiedad, con los que publicitamos en el Delicias estos estudios. Ahora reflexiona, partiendo de su propia imagen, sobre temas de identidad a la que accede desde múltiples disciplinas artísticas.


Las obras que exponemos, un óleo sobre lienzo y dos sanguinas, lavadas, están en la base de estas búsquedas en las que transmite en un caso, óleo, una sutil y elegante sensualidad y en los otros, las sanguinas, la expresividad de un cuerpo que se cierra en sí mismo en dramático e indescriptible aislamiento.

De Rut Pedreño recordamos, perfectamente, su impresionante capacidad para el dibujo y su inteligencia a la hora de captar las peculiaridades artísticas de los estilos de las vanguardias.

Se ha decantado, definitivamente, por el comic (podemos destacar, al respecto, el “webcomic” Federick´s House) y la ilustración. En este último campo convendría hacerse eco de Ladrillazo un proyecto interesantísimo en cuanto al proceso (ideado por Francisco Fernández en colaboración con Alejandro Pérez y puesto en pie gracias al crowfunding) y en cuanto al resultado cuyo aspecto visual ha corrido a cargo de Rut Pedreño (en colaboración con el también ilustrador Joaquín Aldeguer) en una actividad en la que se relaciona lo estrictamente artístico con la crítica económica y política más descarnada.


Llama la atención el alto nivel de profesionalidad de Rut a la hora de enviar sus trabajos para esta exposición, para la que ha elegido una significativa muestra de sus habilidades como ilustradora. Un ojo atento podrá encontrar similitudes en las obras relacionadas por parejas y gracias a ello puede apreciarse la variedad en el uso del color y del grafismo, el alto grado de abstracción que exigen algunos de sus aparentemente sencillos trabajos y el cuidadoso aspecto final de sus creaciones.

Laura Reyes, la más joven de la selección, estudia en Salamanca después de haberse graduado en el instituto el año pasado en el Bachillerato de Investigación/Excelencia en Artes con la calificación de Matrícula de Honor. Perfectamente consciente de lo que quiere, lo es también del punto en el que se encuentra su actividad plástica.

Su obra no está definida aún por un estilo, técnica o contenido concreto (su proyecto de investigación en el Biex versó sobre el Yunk Art). El dibujo para ella no tiene secretos porque lo ha practicado desde muy niña. Este dominio hace casi natural que se encuentre muy cómoda en una formulación que podría considerarse como académica, sin embargo pronto aprenderá que el “academicismo” a la altura del siglo XXI en la que nos encontramos es otra cosa.

En esa misma línea es explicable su interés por el retrato y la práctica hiperrealista pero no tardará en afrontar, aunque sea en sus trabajos de clase, la importancia del informalismo como el camino para descubrir lo esencial del lenguaje plástico.


Mientras tanto nos ha prestado tres obras. Dos dibujos que pueden parecer semejantes, pero en las que existe una clara diferencia tanto en su composición como en su expresividad y una escultura.

En los dos primeros hace gala de un virtuoso manejo de carbones y pasteles cuyo grafismo puede pasar tan desapercibido al espectador que le habrán parecido fotografías. Y no andará muy desencaminado porque para una de ellas ha usado, en un detalle muy particular de apropiacionismo, aunque quizá no era entonces consciente de ello, una instantánea de Lee Jeffries produciéndose así un cierto efecto de ida y vuelta: Jeffries, en sus fotografías, intenta proporcionar a sus retratos un acabado pictorialista y Laura, con el carbón, logra un acabado fotográfico en sus pinturas.

La otra obra es un objeto más complejo, quizá más literario, afín al surrealismo del que, sin descartar el ingenio y el trabajo intelectual con el que trata de plasmar en las cuatro caras del cubo (mirar, ver, percibir, contemplar) el proceso de integración de las sensaciones visuales, me interesa destacar más el pulcro, metódico y perfecto acabado.

Laura es, afortunadamente para nosotros, algo más que una promesa a la que, desde ahora mismo, hacemos un hueco en el GaBe.

Concluimos.

Quizá, empiezas escribiendo algo y al final, te termina saliendo otra cosa diferente. Quizá esto no sea una crítica. Tampoco nos importa mucho el resultado porque tanto como al instituto Delicias al que los artistas están unidos también lo están a nuestro propio trabajo. Al final, no solo nos retratan nuestras obras. También lo hacen las de todos aquellos a quienes hemos ayudado a descubrir su camino en la vida.

Arturo Caballero Bastardo

Fotos de la inauguración

lunes, 13 de febrero de 2017

miércoles, 4 de mayo de 2016

OBRA MAESTRA DESCONOCIDA


RECUERDO DE LO QUE HICIMOS

Decir que Juan Martínez Escudero era una persona peculiar creo que es quedarse corto.

De ese carácter tan propio y reservado que tenía es prueba la obra que hoy podemos ver colgada en el GaBe Espacio Creativo del I.E.S. Delicias que solo era conocida por sus familiares, por sus amigos más íntimos y por los visitantes de las dos exposiciones públicas que realizó a lo largo de su vida con cuadros a los que no puso ni título.

Además del problema que supone para un profesor de bachillerato (decir de Educación Secundaria creo que está fuera de lugar aquí) no poder asistir a cómo los escolares van adquiriendo los rudimentos de la lectura, la escritura y el cálculo ni hasta dónde van a poder llegar cuando dejan nuestras aulas, Juan tuvo que compaginar la tarea que supone la actividad cotidiana en la clase con la dificultad para practicar lo que desde siempre había visto en casa, su padre don Fidel era catedrático ce Dibujo, y para la que se había formado en sus años universitarios: la práctica de la pintura.


El paisaje de su padre que puede verse en la muestra recoge muy bien el estadio en el que se encontraba la pintura española desde finales de la Guerra Civil hasta el triunfo del Expresionismo abstracto en los cincuenta. Un pintura bien estructurada con lejanos ecos cubistas y muy contenida de color; en resumen: una buena imagen de la España del orden ascético propio del nacionalcatolicismo.

Su hermana cuenta que una de las primeras obras de Juan -excelente lección del informalismo aprendido en sus años universitarios- colgó durante mucho tiempo en el salón de la casa familiar, lo que indica la amplitud de miras en el campo estético del progenitor. En Barcelona Dau al set y en Madrid El Paso, por citar los hitos más conocidos del panorama artístico español, introdujeron los elementos plásticos de un arte que por comodidad llamamos abstracto, pero que de igual modo podíamos calificar, tal como querían sus creadores en el segundo decenio del veinte, como concreto.

Sea como fuere, Juan muestra en sus primeras composiciones los ecos de una abstracción que a mediados de los sesenta ya daba muestras de cansancio formal. Era la lógica de los tiempos. Las grandes manchas pardas, los colores terrosos y tristes se organizan en formas lejanamente naturalistas que parecen crecer sin una orientación definida, sin un fin que justifique su existencia. ¡Cómo que la existencia no se justificase por sí misma! La desazón, el abatimiento poco tenía que ver con el espítu vitalista de Juan.


No es de extrañar, por tanto, que de forma progresiva el color tome posesión de sus lienzos. Un color que se compagina con estructuras geométricas transparentes que se hacen eco de la Abstracción pospictórica que surgen en U.S.A. en los sesenta. El cuadro queda articulado, sí, pero lo informal nunca acaba por desaparecer en una especie de lucha entre complementarios que es también el enfrentamiento entre la naturaleza y la norma que intenta encorsetar la vida subyacente en una partida que, como es lógico y más cuando hablamos de Juan, termina por perder.

Resulta extraño, desde un cierto punto de vista histórico y más atendiendo a su actividad como profesor, que Juan no cultivase la nueva figuración que, aarrancando de finales de los cincuenta y llegando a nuestro país diez años después, tiene en el Pop Art su expresión más conocida.

Juan permaneció siempre vinculado a la pintura no representativa.

El salto que da a mediados de los ochenta a una pintura vitalista fuertemente inspirada en el paisaje se puede poner en contacto con la evolución que a principios de esa década se produce en la pintura mundial de la que estaba al tanto por sus periódicas visitas a Arco.


La Posmodernidad supone el rechazo de las vanguardias, del rigor que exigía la innovación permanente, la necesidad de superar con nuevas formas las formas de la generación precedente. El gusto por el hecho pictórico, por el hedonismo del trabajo y por un resultado final que no renuncia al decorativismo encajaban perfectamente con su personalidad así que no es de extrañar que algunas de las obras más atractivas de la exposición sean esas en las que se combina la pintura gestual con un colorido vibrante, alegre, desinhibido.

No podemos olvidar la labor gráfica que Juan concebía como una actividad de permanente indagación. Alguno de sus dibujos y grabados de la exposición muestran esta faceta que le preocupó mucho a lo largo de su labor docente y que difundió entre sus discípulos antes de que se implantase el Bachillerato de Artes en nuestro centro. Otro tanto podríamos decir de la fotografía y del cine, que enseñó a través de asignaturas optativas como Imagen.

La actividad artística de Juan no puede darse por cerrada si no se atiende a su labor divulgadora en las exposiciones bibliográficas, de extraordinario éxito popular, de su amigo Javier. El diseño general fue, en esencia, suya.

Es curioso que, habiendo renegado de la figuración en su obra pictórica uno de los trabajos que, personalmente, me parecen más del momento en el que vivió sea el cartel, por llamarlo de alguna forma, de Recuerdos de un olvido, en el que concentra la historia de un tiempo que fue y que dejó indeleble huella hasta estos momentos de nuestra ya próxima vejez.


El cuadro inconcluso que presentamos en la muestra nos enseña parte de su proceso creativo aunque no lo hayamos elegido por esa especie de promesa permanente que conlleva lo inacabado sino porque a través de él obtenemos una lección de por qué los valores plásticos, es decir la forma, el gesto, la composición, el color... son la verdadera esencia de la obra de arte.

Obra maestra desconocida no es una excusa ni una forma de cumplir con algún tipo de deuda pendiente. Juan lo habría aborrecido. Obra maestra desconocida es un camino de conocimiento. A través del homenaje que su familia, sus amigos, sus compañeros del centro y sus alumnos rinden a Juan Martínez Escudero recordamos quién fue él y quiénes fuimos nosotros.

Arturo Caballero Bastardo